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Concluía mi flirteo con la cultura inca, bajaba de Machu Picchu destrozado, caminaba mientras veía como todos los turistas tomaban aquellos cómodos buses, 10 dólares menos y abajo. Yo bajaba a través de un improvisado y peligroso zig zag aquellas burbujeantes montañas tan colmadas de historia, de roca preciosa y milenaria que me hacía revivir a cada acelerado y mítico paso. Dejaba atrás un contradictorio Perú, me preparaba a desembocar en mi siguiente país, darle firmeza y temple a mi aventura, llegar a Bolivia con mis ojos colmados de lágrimas y esperanzas nacidas ambas en mi arribe a la cúspide peruana.
Bolivia me esperaba, deshacía mis pasos uno a uno, esta vez con menos borrachos y susurros en francés en mi espalda, de repente mi compás tropezaba y me encontraba con el pulgar extendido en carreteras peruanas listo a parar lo primero que se moviera. Varios intentos después me resigné y compré dulces a los niños, era Halloween y mientras los repartía en la cuadra, veía como al fondo Mourine me gritaba en inglés, orgullosa había parado un colectivo. Los niños se quedaron con los dulces, hablaban bastante rápido, recuerdo, todavía pensaba en ello mientras me embarcaba en aquel irreal vehículo hacia Cusco, ombligo del mundo y promesa mundana de celebración americana.
Promesa y misión cumplida, horas más en Cusco y estaba listo, debía continuar, cinco irlandeses y un colombiano, adelante les dije, 5 en un taxi, obvio cabemos. Íbamos al terminal. Puno o Copacabana eran mis cartas, creo jugué la segunda por sonoridad, rodaba en un bus cosmopolita atestado de europeos buena onda que se alegraban de mi nacionalidad.
En la frente la frontera. En la espalda, una vida entera. Emoción; lo haré caminando, alteración del cuerpo, paso a paso, como reos mostrando un maldito papel, con pasos furtivos y miradas disientes, papel que no fue suficiente, papel que amparé con fotocopias, fotos e irónicas sonrisas que se derramaban en la misma sensación pegajosa y fétida de entrar a un país nuevo.
Cambié mis últimos soles entre la muchedumbre con fajos en la mano que predicaba a viva voz, era bastante poco, pues viajaba con la esperanza de poder confiar en los servicios bancarios bolivianos, esperanza que uno a uno los europeos del bus pisoteaban y reían. El bus continuaba, sin mi claramente, en Copacabana mi viaje terminaba, el rumbo final era La Paz, aquello curiosamente que iba buscando para aquel momento, paz, paz interrumpida por emoción constante y agitada del caminar, trotar y volar, las tres cosas en el sur.
Hice las tres, en el pequeño pueblo y me rendí al no encontrar un cajero, en mi búsqueda, turistas más experimentados no se lamentaban como yo, cada cual viajaba con reservas de dinero, de las cuales con algo de risas y elocuencia innata me hice aspirante.
Aún sin entender el porqué de aquel borbotón de manos ajenas, pero amigas, con euros ajenos y recién cambiados, portaba una sonrisa verdadera, seguí a La Paz, curiosamente sintiéndola en mi, una paz contradictoria, pues lo que mis ojos retrataban solo podría ser un vil opuesto de lo que pretendía inmortalizar, me adentraba más y más, y así no lo quisiera sentía aquel rechazo típico, aquel choque cultural que siempre negué y callé, pero que sentía por momentos, con cada pálpito por las tuberías de mi ser.
Dejaba el Titicaca que apenas y toqué, dejaba a Machu Picchu donde una siesta tomé, dejaba mi clan, dejaba mis mil vidas atrás, y de nuevo, sin motivo aparente, una sonrisa verdadera sazonada con humor español y francés continuaba, más alegre que antes, viendo como las cosas se volvían tan sencillas, y recordando tantas trabas y predisposiciones pendejas con las que se sale de casa. Era solo La Paz, quería serlo también.
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Llevaba prisa, una mochila a medio empacar y una estopa en la espalda, Manizales ardía, aunque no tanto como mi destino; Cali. Llegué al terminal en Manizales y rápidamente compré el tiquete, (30.000 COP -17 US), enrollé mi mochila en una estopa y con grima la montaron en la bodega, subí al pintoresco “Ruana Azul” y sintiéndome el dueño del mundo comencé mi travesía.
Algo andaba mal, el bus con ruana no arrancaba, algo pasaba adelante… Me senté en uno de los últimos puestos libres, al fondo, en la parte de atrás del bus, aún quedaba mucha gente afuera, la cual subía alegando su derecho al puesto… la empresa no entiende de logística, había vendido más puestos de los que podía brindar.
5 horas duraría el viaje, yo estaba cómodo y agotado… traté dormir pero fue imposible, un encargado de la empresa subió a corroborar la evidente situación, hacía alarde de sus años rosas de primaria, contando en voz alta y señalando con el dedo meñique, uno a uno los pasajeros. Finalmente pidió excusas y dijo lo que todo el mundo ya sabía: no hay más puesto.
Con Camilo Sesto a bordo en versión cd arrancamos, Melina me la pela en veinte así que puse el iPod y ran… abandonábamos aquel terruño faldudo… pero oh! El bus sale en reversa y suena… LAMBADA! Fue imposible no reírme, solo, claramente.
Dormí un poco y desperté en Cartago, estúpidamente allí se sube más gente, venden más puestos, lugares inexistentes hasta ahora, pues de manera natural, los nuevos pasajeros se van vertiendo sobre el pasillo del bus… Niños, burros, gallos y patos se posan sobre aquel espacio del centro.
De ahí en adelante, el trayecto lo dominó un sueño profundo, profundo hasta que un viejito, en un valiente intento por ir al baño, se dispuso a cruzar el pegote humano hasta el final del bus, lo logró, vació su vejiga y en el caminar despertó a medio bus, obvio, yo le sonreí.
Cali muy muy caliente.