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6 noches de Lima, las últimas 4 mezcladas con tequila y limón…
Comprender la ciudad a caballo, luego pedalearla en ridículas bicicletas para finalmente decantarme por conocerla desde el cielo, flotando en parapente sobre el distrito de Miraflores, con el infinito mar al frente y la urbe enruanada justo detrás.
2 noches en mi primer hostal “Stop and Drop”, el mismo que me acogió entre sollozos dos días atrás en madrugada, el mismo que hoy odiaba y estaba dispuesto a abandonar. un lugar comandado por un abogado bipolar, un atípico Limeño dueño de un linaje militar extremista, un sujeto peruano y Uribista que lanzaba destempladas sátiras al aire, siempre terminadas con un “conchesumadre”, maldita palabra que odié desde la primera vez que la escupió. Solía alternar sus historias fantásticas entre experiencias de Gigoló consumado y enfermo, con descargas de furia xenofóbica contra los inocentes anglosajones que por error caían en sus hostal.
Suficientes razones para huir de allí. En un intento nocturno por conseguirlo, los argentinos y yo nos fuimos en busca de un bar, Manolo, Maximilano y Menjura jugaban a los dardos en soledad, cuando de repente un reto en inglés nos fue lanzado, una apuesta por cerveza contra dos holandeses, apuesta finalizada y ganada por los latinoamericanos. Con más cerveza al hombro nos invitaron a conocer su hostal, con promesas de un bar a reventar terminamos en un sitio apenas media cuadra atrás del odiado “Stop and Drop”, un lugar misterioso y diferente, un nombre, Kokopelli y un matachito de cabello alborotado adornaban su fachada, ambos vigilantes de una puerta alta y negra que lo cambiaría todo…
Salir a caminar en Lima brinda una extraña sensación, que incluso puede llegar a ser tan extrema como volarla o galoparla, derramarme por el mercado inca, sus longevas ruinas históricas o sus hermosas fuentes es simplemente espectacular, más aún cuando se puede sazonar el aspecto cultural del día, con un ambiente cosmopolita y siempre renovado en Kokopelli por la noche, aquel Dios tradicional americano que protege y anima a todos los que por fortuna terminan allí, en aquél lugar, sin duda el sitio perfecto para compartir las impresiones forjadas a lo largo del día, además de complementarlas con ópticas diferentes, entres cerveza y cerveza.
Lima es una extraña ciudad, fuertemente dividida, en la cual convergen 8 millones de habitantes, vertidos en toda clase de distritos, todas las calañas juntas con apenas cuadras de separación. Pocos pasos de la opulencia a la inopia, en una ciudad que se abarrota de turistas cada día, especialmente en sus distritos más exuberantes: Barranco y Miraflores.
El primero lo visitamos en la noche, una flota de taxis esperaba a la totalidad de huéspedes, nadie conocía el destino, pero desafiando al frío limeño, salíamos rumbo a distrito más bohemio de ésta ciudad, Barranco. Tributo a Los Beatles, más de 30 canciones en vivo y muchos más litros de cerveza, fiesta hasta las 4 de la mañana, para luego regresar a jugar y competir tratando de caminar en linea recta, con un séquito internacional y un único Colombiano, adivine cuál.
Eso fue tan solo la antesala de las noches en Lima, todas tuvieron la misma onda, que solo se vio interrumpida por la partida de los argentinos, y la llegada de nuevo de las norteamericanas, las cuales conocía de días atrás en Quito y hoy repuntaban para continuar con la aventura. Nuevos amigos y una bandera tricolor pegada por mí en el techo, todo en una ciudad putamente extraña y bulliciosa, una ciudad que poco a poco me preparaba a abandonar.
Sin duda piso un lugar mágico y contradictorio, dueño de un extremismo evidenciado a lo largo del país, de norte a sur, sobre el cual camino con una gran sonrisa por todo lo vivido, por incursionar en la cultura inca y comenzar a conocer aquella otra “vecina” nación Peruana, un país tan rico y diverso como lo es Perú papá!