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Armado con una guitarra, ajena y envainada continúamos caminando a través de calles oscuras y en silencio, silencio que interrumpió un taxi anunciando su entrada con el pito -así es todo en Perú, a los gritos, o en su defecto lo que más bulla haga- acordamos uno de los hostels de la arrugada lista de Manolo, media hora de trayecto y finalmente llegábamos. Stop and Drop rezaba el nombre en la fachada, mire a mi alrededor y la perspectiva había cambiado totalmente, pensé que no estaba en Perú, fui interrumido por el tipo de la recepción que exigía pasaporte y pago por adelantado… desde ahí comencé a pensar mal del sitio.
Un pisco sour y a dormir, tenía un cuarto compartido, hacinado de camas, camarotes de cuatro pisos me saludaban, el piso 4 era prácticamerne una jaula, en realidad creia imposile que alguien pudiera dormir tan alto además al lado de unas aspas dominadas por telarañas pues en Lima nunca ví el sol.
5 noches más me esperaban en Lima, momentos que cambiaron radicalmente, como todo en Perú, de extremos, sin duda un país sin aguas tibias.