Luis. recorrió Sudamérica con la esperanza de mostrar al mundo (y a su madre) pequeños instantes en el galope de sus ojos. Partió con sed de realidad, cargado de vibra, esperanza y ligero de equipaje.

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27th October 2009

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36 horas sin sol. De Ecuador a Perú

24 horas fue poco, Montañitas sin duda ha sido hasta ahora el destino más curioso y divertido al cual he arribado. Es la mezcla perfecta entre movimiento y tranquilidad, sin duda, un pueblo de extremos, extremos que al converger engendran un extraño equilibrio, un extraño complemento que brinda alegría a todos los que llegan al pueblo sin montañas, sólo montañitas.

Desde una de ellas fue que volé, y por una de ellas fue que lo abandoné, al pueblo; lo hice tomando el primero de los 6 buses que abordaría en las próximas 36 horas a lo largo de Ecuador y Perú, por fortuna no estaba solo, compartía la incomodidad y claustrofobia con mis nuevos amigos porteños, los tres sólo pensábamos en Lima, el lejano y prometido destino.

Todos los trayectos fueron una odisea, una batalla permanente contra el tiempo y el cansancio, además de la hostilidad mostrada por los lugareños, en realidad hicieron más difícil mis incursiones en territorio peruano. Ecuador me había tratado muy bien desde su frontera, me había sentido cómodo y tranquilo, aquí las cosas eran diferentes, aquí el tricolor ya no existía, con o sin escudo, se había quedado atrás.

Un bus, otro más, bajar y subir, sonreír a la cámara, peinar trotando pueblos y ciudades, cruzar la frontera en la madrugada, llenar formas y papeles y para colmo lidiar con el viejo cincuentón que me exigía plata para pasar, me preguntaba si llevaba equipaje “exótico”, me ofrecía sus servicios para pasar entregas “especiales”, a todo contesté sí, el hombre se fue a llenar papeles y a traer vainas, para finalmente encontrarme a bordo, sentado, con mis papeles en regla, brindando con Whisky en el pauperrimo bus.

Cada uno de los buses contaba con pintorescas atracciones, ciegos profetas y magos escapistas, todos cambiaban lo que fuera por unos pocos soles, pude evidenciar la infinitud de vertientes del comercio informal en el Perú, es un gran negocio pues el corazón peruano parecer ser más grande que el nuestro, pastores, curanderos, boticarios y rezanderos bajaban con aplausos u bolsillos llenos de monedas. 

El sexto bus fue el más incómodo, ya era de noche y todo parecía estar tranquilo, no se veían más saltimbanquis ni cuestiones pintorescas, era un bus corriente, incómodo, pero en silencio. Faltaban sólo 200 Km para llegar a Lima, comenzaba a dormirme con la mochila como almohada, de repente sentí que algo caía del techo y se posaba en mi cabeza, caminaba por mi cara para luego bajar por mi cuello hasta la espalda, sentía algo gigante, ¿un alacrán?, ¿una ciempiés? ¿una rana? Mi reacción, correr… correr por el pasillo del bus a tientas, en mi desesperación desperté a un peruanillo, el cual reaccionó intempestivamente y comenzó a lanzar puños en total oscuridad, finalmente el valiente y agresivo lugareño terminó matando la cucaracha gigante que se paseó por mi cuerpo y que tenía subidas a las señoras en las sillas, sí, la que amamantaba al niño también, solo que olvidó cerrar la espita.

Montañitas, Guayaquil, Piura, Chiclayo, Chimbote, Trujillo y finalmente un amargo desembarque en Lima. En Perú no es normal encontrar terminales terrestres, las empresas se vierten a lo largo del territorio con sus propias instalaciones y medidas, haciendo todo más caótico y desordenado. Así pues, llegué a Lima, hambriento, exhausto y sin soles, sólo contaba con pocos dólares en el bolsillo, aquella moneda verde aterrorizaba a todo el mundo, me miraban como un delincuente cuando trataba de pagar algo con dólares, estaba en el culo de Lima, sin tener donde dormir, y sin tener soles para pagar, realmente no estaba tan solo, dos argentinos me escoltaban en mi caminar hacia ningún lado.

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