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Hace unos días dejé este mundo tal y como lo conocía. Naufragué en libertad, una sensación de libertad que me acompañará por siempre. Fue bastante poco, tan solo unos instantes, instantes intensos, instantes intrínsecos que rompieron la realidad por brevísimos momentos, sin duda, de los segundos más bellos de mi vida. Volar con tortugas, volar con vacas, acompañarlas en su largo viaje, sentir como el aire y el cielo me da su bienvenida, me empujan y saludan, me permiten entrar en su gran seno y escuchar justo atrás de mí una frase castiza que rezaba. “El cielo no se le niega a nadie”, todo ésto mientras volaba, volaba rodeado de vacío e inmensidad, desafiando constantemente a mi imaginación, viendo el mundo de una nueva manera, una óptica desconocida hasta el momento para mi. Siendo parte sin duda de un todo absoluto.
Lo sentí como si así hubiese sucedido, a veces pienso que quizá así fue que ocurrió, al cerrar los ojos el mundo se transformó, al abrirlos de nuevo la eternidad terminó viendo como su figura se escapaba entre la denuncia del viento que acariciaba todo y me mantenía móvil y levitante.
Soñar, lo mejor de aquel día fue haber podido soñar con la libertad. Unos segundos convertidos en el resto de mi vida.