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En Gayaquil los semáforos hacen cuckoo! Fue lo primero que advertí al llegar al centro de ésta ciudad al día siguiente. Avenida 9 de Octubre, 9 de la mañana y 9 dólares en el bolsillo. Comencé caminando, por un tramo no muy turístico pero sí muy comercial y concurrido, andar en Guayaquil es muy seguro, al menos mucho más que tomar un taxi, Vanessa reproducía con emoción las historias de robos y “Secuestros Express” que sus amigos le contaban, mil modalidades y maneras de hurto, sólo que más organizado y siempre a la fija. Caminé por toda la avenida observando los bastos conductores en sus autos, todos gritaban y se movían de manera tosca y violenta, me sorprendió bastante, y fue una de las primeras diferencias que noté entre Serranos (Quiteños) y Monos (Guayaquileños). Aquí en Ecuador se observa la misma lucha regionalista que en Colombia, cachacos y costeños, aquí se llaman serranos y monos. Mientras caminaba seguía viendo diferencias, sentía que había volado de Bogotá a Barranquilla, aquí era todo más “cógela suave” más diferente.
Mientras caminaba entré a un edificio en busca de un café internet, repudié al dueño, un viejito legañoso y petulante, portaba un cigarro en su oreja izquierda, cual lapicero de dueño de revueltería. Tomé una máquina, y seleccioné el menor tiempo posible, revisé un par de correos y abrí skype, aquí fue que me enteré que en Guayaquil cuesta más el internet si usas skype o messenger, pues el abuelo se me acercó y me advirtió que el ancho de banda era algo muy valioso, qué curioso, le respondí, le pedí que me explicara qué era eso tan “ancho” y estimable, a lo cual nunca pudo darme respuesta. Se dirigó de nuevo al mostrador y escuché al fondo la palabra chucha, -odio esa palabra-, aquí entendí que significa odio, cual hijueputa, haga de cuenta.
Salí rapidito de aquel lugar, debía 1 dólar, y tenía 9, busqué en otro bolsillo y le pagué con un billete de 50, luego vino la pregunta obvia, con una respuesta igual. Me preguntó si tenía monedas, puse 50 centavos sobre la mesa, luego de correr de un lado a otro los tomó, Ulysses regresó a mi bolsillo.
Caminando de nuevo, me topé con cambistas, calculadora al cinto y fajo en mano, todos deambulan al son de salsa y bachata, además de mucha música Colombiana, en realidad hasta el momento solo había escuchado música Ecuatoriana con mi taxista cantante, en el recorrido desde el Terminal de Quito hasta mi hostal en la Mariscal.
Finalmente llegué al Malecón, y antes de comenzar a recorrerlo abordé un bus turístico, de nuevo obtuve descuento con mi tarjeta ISIC, ya adentro recorrí toda la ciudad, al son de salsa corroncha solo interrumpida por otra retreta de la fuerza aérea también, esta vez en un centro comercial de la ciudad.
En realidad Guayaquil no me llamó mucho la atención, en poco tiempo se puede recorrer su zonas más turísticas, todo está comprendido adentro del malecón y las peñas, es un recorrido muy bonito, pero a la vez un poco soso y repetitivo.
Todo transcurrió normal, me dediqué a caminar despacio por el malecón con la brisa en la cara y mi cámara al cuello, toda el agua que rodea a Guayaquil es agua dulce, ésta ciudad no tiene playas, pero sí bastantes puertos y astilleros. En la tarde conocí un museo de miniaturas, las cuales hablan y te inyectan la historia de la ciudad a golpes, así como también me topé por tercera vez con la fuerza musical aérea, interpretando MELINA!!! y algo que dice: Cali pachanguero…
Finalmente aprendí a brindar a la manera tradicional inglesa, acompañado de un par de cervezas y una pareja británica que conocí en el faro de la ciudad, siempre con la misma técnica de “Me sacas una foto”. Ya he tomado cerveza gratis en dos ocasiones con la misma frase de inicio y un inglés corroncho post-contacto.