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Con mochilas al lomo y ya en el aeropuerto, corrí a registrarme, fuera correas, relojes, monedas y acetaminofénes… Ya en el avión terminé con los traguitos de Vodka comprados en la frontera, LAN era mi aerolínea y mi silla la del medio, mujer a un lado y un hombre al otro. Inmediatamente despegamos ambos se presentaron, por suerte sólo recuerdo el nombre de ella, Karina, hablamos bastante, incluso me invitó a su bar en Guayaquil, era cantante y tenía un local en las peñas, ahí en la escalinata 169. Al saber que era cantante recordé que traía conmigo unas pinturas, pequeñas obras que me regaló un amigo para intentar vender en el camino, las saqué y me presenté como artista plástico, me llamaba “Gian Marco” (Pues así estaban firmadas las obras) y estaba vendiendo mis primeras piezas de arte, le dije. Saqué los papelitos de mi carpeta y le conté que mi profesor decía que no eran muy valiosos, quizás 20, 25 US, ella los tomó rápidamente y me felicitó todo el viaje, escasos 30 minutos que duró el vuelo, ya para terminar me regaló su tarjeta mas 25 dólares a cambio de la primera pintura.
Ya en tierra rodé hasta un Juan Valdez dentro del aeropuerto de Guayaquil, Santiago de Guayaquil, -siempre que escucho aquella palabra antepuesta, intuyo peligro- tomé un granizado pues hacía calor, estaba en una ciudad costera, costera y caliente, el Cali del Ecuador; Santiago de Guayaquil.
Justo al terminar el café me recogió Vanesa, una amiga que hasta ese momento no conocía, había quedado de recogerme en el aeropuerto, así como también jugar a hospedarme. Salimos y me presentaron la ciudad en la noche, un lugar sin duda lleno de marcados contrastes, bastante movimiento y una hermosa zona comprendida por el malecón y las peñas, todo muy cerca del centro de la ciudad. Un par de recomendaciones y a dormir, estaba realmente extenuado, 6 buses para ir a Ciudad Mitad del Mundo, bicicleta en la tarde, avión en la noche más relato de aventuras a la familia en la madrugada, eran las 3:00 AM y en realidad me estaba durmiendo en medio de la retahíla, con sonrisas protocolarias encima me dormí vestido en un sofá, rogando no despertar muy tarde y convertirme en parte del mobiliario de la casa.