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Desperté y mi compañero de habitación se revolcaba al otro lado del cuarto, me paré rápidamente y salí en busca de las duchas, entré y crucé un par de palabras con él, resultó siendo Colombiano, bajamos a desayunar y en esas llegó Dani, mi nuevo amiga capitalina, me despedí del Rolo y salí a comerme Quito.
Comencé por el centro, constaba de iglesias, monumentos y edificios burocráticos, luego de las fotos de rigor, pasamos a conocer el panecillo, sí, el panecillo, una gran montaña en medio de la ciudad, arriba se encuentra una virgen, bueno, una escultura de la virgen, la cual está trepada en un globo terráqueo haciendo equilibrio justo en la zona correspondiente a Ecuador.
Mientras subíamos al mirador tras nosotros llegó un carro, pregunté por la diferencia en el color de sus placas, me dijeron que eran oficiales, bajaron dos tipos y su conductor, me quedé frío, dos hombres rubios, lentes oscuros y chaquetas rojas, inmediatamente me transporte mentalmente a Pasto, luego a Ipiales, luego a Rumichaca, luego al terminal de Quito y ahora en el Panecillo! Los había encontrado en 5 lugares distintos, siempre vestidos de la misma manera, usando lentes incluso en la noche. Le comenté la situación a Dani, me tomó por loco, decidí separarme y abordarlos, sentía que me seguían y ñoñamente me acerqué. Eran chilenos, casi me increpan ellos primero, preguntando lo mismo, por qué los seguía, luego de reírnos tontamente, pasamos de largo y juramos no vernos nunca más.
Después de los chilenos monté en trole, una mala copia del Trasmilenio en Bogotá, en Quito se puede encontrar tres sistemas de transporte masivo, Trolebús, Metrobús y Ecovía, los tres funcionan bastante bien, son seguros y rápidos, uno de los tres es eléctrico, super verde y tal, pero ahora no recuerdo el nombre.
En la tarde me inyecté chocolate, en una de las cosas más locas y excéntricas que he visto en mi viaje, tomar chocolate líquido, directamente desde la fuente, en una jeringa! Una total locura, además en el letrero escriben Jeringa con ge, sí GERINGA! En fin…

Ya de nuevo en el hostel me encontré con el Colombiano, me había contado que quería ir a Perú y tal, pensé que sería un buen compañero para el viaje, era un rolo callado, medio abobado, pero buena gente. Salimos y caminamos un par de cuadras, nos sentamos en un bar oriental, pedimos una shisha de menta y comenzamos a hablar. El tipo era ingeniero industrial, llevaba en Quito dos semanas y estaba enamorado de esa ciudad, hablábamos de todo, del clima, de las diferencias entre países, de la televisión corroncha Ecuatoriana, en fin, hablábamos hasta que al fondo en un balcón vi un par de mujeres, abrazadas y tal… al lado de ellas en el mismo balcón, una bandera como el arco iris, claramente, una bandera gay, se me hizo chistoso el asunto y le dije al Colombiano que mirará, le causó bastante risa y cuando se calmó me confesó con mucha seriedad y afirmando con su mano derecha: Yo soy gay.
Ajue… pensé, menos mal no le dije nada de Perú, nunca he tenido problemas con este tipo de situaciones, pero nunca tampoco he compartido una habitación en un hostel con otro hombre y más aún gay! En fin, traté de no prestarle atención y me fui con Daniela de nuevo al mercado artesanal, esa tarde llovía en Quito, salté charcos y muy mojado compré camisetas y pantalones, 15 dólares en recuerdos y de nuevo al hostel, de nuevo ahí, con el apunte chistoso a bordo.
Llegué a mi habitación, estaba sola, el Colombiano gay había salido, salí a lavarme las manos y un tímido “hi” se escuchó de la habitación de al lado, eran dos estudiantes norteamericanas, rápidamente me invitaron a una sopa que estaban cocinando abajo y nos hicimos amigos. Comimos sopa de chócolo, pan y agua, estaban deseosas de aprender español, además muy contentas pues tenían suerte, estaban con el profesor más divertido de español que podrían encontrar en el hostel. Era sencillo, hablábamos un rato en inglés, otro en español, practicaban ellas y practicaba yo. Rápidamente se hizo tarde y acordamos salir al día siguiente para visitar Mindo, un pueblito de bastante aventura, muy cerca de Quito.
Antes de dormirme con algo de pena comenté mi situación con ellas, les pedí que estuvieran atentas y que me “cuidaran” de algún modo, reían mientras les describía los hechos, finalmente aceptaron e hicieron guardia mientras yo dormía. Una guardia perdida, pues el hombrecito éste nunca llegó, el tipo dormía en el día, y no quiero imaginar qué hacía en la noche, en todo caso nunca coincidimos, por fortuna.