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Llevaba prisa, una mochila a medio empacar y una estopa en la espalda, Manizales ardía, aunque no tanto como mi destino; Cali. Llegué al terminal en Manizales y rápidamente compré el tiquete, (30.000 COP -17 US), enrollé mi mochila en una estopa y con grima la montaron en la bodega, subí al pintoresco “Ruana Azul” y sintiéndome el dueño del mundo comencé mi travesía.
Algo andaba mal, el bus con ruana no arrancaba, algo pasaba adelante… Me senté en uno de los últimos puestos libres, al fondo, en la parte de atrás del bus, aún quedaba mucha gente afuera, la cual subía alegando su derecho al puesto… la empresa no entiende de logística, había vendido más puestos de los que podía brindar.
5 horas duraría el viaje, yo estaba cómodo y agotado… traté dormir pero fue imposible, un encargado de la empresa subió a corroborar la evidente situación, hacía alarde de sus años rosas de primaria, contando en voz alta y señalando con el dedo meñique, uno a uno los pasajeros. Finalmente pidió excusas y dijo lo que todo el mundo ya sabía: no hay más puesto.
Con Camilo Sesto a bordo en versión cd arrancamos, Melina me la pela en veinte así que puse el iPod y ran… abandonábamos aquel terruño faldudo… pero oh! El bus sale en reversa y suena… LAMBADA! Fue imposible no reírme, solo, claramente.
Dormí un poco y desperté en Cartago, estúpidamente allí se sube más gente, venden más puestos, lugares inexistentes hasta ahora, pues de manera natural, los nuevos pasajeros se van vertiendo sobre el pasillo del bus… Niños, burros, gallos y patos se posan sobre aquel espacio del centro.
De ahí en adelante, el trayecto lo dominó un sueño profundo, profundo hasta que un viejito, en un valiente intento por ir al baño, se dispuso a cruzar el pegote humano hasta el final del bus, lo logró, vació su vejiga y en el caminar despertó a medio bus, obvio, yo le sonreí.
Cali muy muy caliente.